El Don Divino: Fe que Trasciende el Esfuerzo Humano
La idea de que “la fe es dada por Dios” puede interpretarse de modo que la verdadera fe, profundamente transformadora, no es resultado exclusivamente de la libre voluntad o de los esfuerzos del hombre, sino que se le concede desde lo alto, como una gracia divina. Es decir, además de la fe que el hombre puede cultivar por sí mismo, existe otro tipo de fe que, en muchos aspectos, sobrepasa las capacidades de la razón y la voluntad humanas, y surge mediante la acción de una voluntad superior. Esta concepción contrasta con las posiciones ateas, donde la fe es rechazada o se considera únicamente como el resultado de una elección individual sometida a estrictos criterios racionales o empíricos.Así, por un lado, la fe cultivada por el hombre (la fe enseñada) requiere del consentimiento consciente del alma y de un acto de voluntad. Sin embargo, por otro lado, la idea de que “la fe es dada por Dios” implica que el verdadero y profundo destello espiritual no proviene de los esfuerzos humanos, sino que llega como una gracia externa, iniciada desde lo alto, que permite al hombre comprender aquello que supera sus capacidades naturales. Tal fe no es el resultado de una demostración lógica o de una experiencia empírica, sino que se presenta como un regalo que abre ante el hombre posibilidades inmesurables de conocimiento y de vida espiritual.Según la primera categoría, se incluye la fe enseñada, en la cual el alma asiente a algo. Y es beneficiosa para el alma, como dice el Señor: “El que oye Mi palabra y cree en el que Me envió, tiene vida eterna y no viene a juicio” (Jn 5:24). Otra clase de fe es aquella que, por gracia, es dada por Cristo: “A uno se le da, mediante el Espíritu, palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento, por el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades” (1 Cor 12:8-9). Así, la fe, concedida por gracia a través del Espíritu Santo, no solo enseña, sino que actúa por encima de las fuerzas humanas. Pues aquel que posee esta fe, “dirá a esta montaña: Pásate de aquí a allá, y se moverá” (Mt 17:20). La primera categoría de la fe requiere del “consentimiento” mismo del hombre, lo cual pone de manifiesto la libertad de su voluntad. La segunda categoría de la fe es un don de Dios. “Ten la fe en Dios, que provenga de ti mismo, para recibir también la que está por encima de las fuerzas humanas”, enseñó San Cirilo de Jerusalén. (fuente: enlace txt, Párrafo 1302)Pero,
¿cómo darnos esa fe?¿Cómo lograr que esté presente en todo, en cada momento? Si el corazón está seco, como el cauce de un riachuelo que se ha agotado, si es frío como el hierro y tan insensible como la piedra, ¿quién le insuflará vida para la fe? Nuestra voluntad no posee ese poder ilimitado. La fe es un acontecimiento que escapa a la voluntad interior del alma. No hay fe en un lugar donde solo existen la certeza o la convicción intelectual. No somos dueños de no creer en lo que es evidente para los sentidos o para la mente, o en lo que la mente, en base a sus actividades inherentes, debería aceptar con convicción. La fe es un acto libre de la voluntad; pero, al mismo tiempo, ninguna voluntad humana, sin la cooperación de una voluntad superior, puede introducir la fe en el alma, por mucho que ésta la desee. La voluntad abre o cierra el alma a la fe. (fuente: enlace txt, Párrafo 785)Así, la concepción de que la fe “es dada por Dios” señala que la verdadera intuición espiritual y la fe profunda tienen su origen fuera de la competencia y del entendimiento humanos, resultando del encuentro del hombre con lo divino, lo que contrasta radicalmente con la posición atea, donde todos los aspectos de las creencias se consideran meramente una cuestión de elección humana y de demostración.