El Creador de mi Divinidad
La afirmación “Yo soy el creador de mi propio Dios” puede interpretarse como la idea de que el ser humano no solo percibe pasivamente la realidad externa, sino que la crea activamente a través de su vida interior y su pensamiento. En otras palabras, nuestra comprensión de lo divino y la forma del ser colectivo no reside fuera de nosotros – es el resultado de nuestro proceso interno constructivo, durante el cual formamos una “imagen del mundo” que refleja no tanto una realidad objetiva, sino nuestras convicciones personales, valores e impulsos creativos.Así, como se señala en una fuente, “El ser humano no solo representa el mundo, sino que construye activamente este cuadro, dependiendo de cómo ha sido educado, de cómo está orientado, en qué ámbito vive, de qué sangre, de qué linaje, de qué tribu y a qué época pertenece” (fuente: enlace txt). Este pensamiento subraya que nuestra percepción se basa no únicamente en las sensaciones sensoriales, sino también en la labor de la razón, lo que permite formar una imagen subjetiva del mundo, incluida la representación de los principios superiores.Otro enfoque sobre este tema propone la idea de la semejanza divina, la cual aborda la interdependencia entre el ser humano y la realidad suprema. Una fuente plantea: “De esta manera se revela la idea de la semejanza a Dios: Dios y el hombre se parecen entre sí. Pero, ¿quién crea a quién:
¿Dios al hombre o el hombre a Dios?” (fuente: enlace txt). Esta reflexión indica que el ser humano, al poseer un poder creativo, no solo recibe lo dado desde fuera, sino que, en virtud de su libertad y actividad interna, es capaz de autoimponer forma a aquello que percibe como divino.En consecuencia, la afirmación “Yo soy el creador de mi propio Dios” refleja la idea de que la percepción personal juega un papel crucial en la creación de la propia realidad. Al crear nuestro mundo interior a través del pensamiento, la experiencia y el sentimiento, formamos no solo nuestra comprensión de nosotros mismos, sino también nuestra imagen de lo supremo. La percepción personal se convierte en una herramienta activa mediante la cual se configura la relación individual con lo divino y, por ende, con el mismo sentido de la vida.