La Unidad del Todo y la Luz Divina
La división del todo en partes enfrentadas destruye la integridad interna, ya que al fragmentarse se pierde la relación común que hace que el todo no sea simplemente la suma de fragmentos individuales, sino precisamente su transformación mutua. En esencia, cuando el todo se descompone en partes, cada una se vuelve autónoma y se separa de la idea de una unidad indivisible. Así, como se dice en una de las fuentes:"Pero entonces se extiende por todas sus partes y, por lo tanto, está en todas partes. Así, el todo, compuesto de partes, se encuentra en todas partes. El todo tanto consiste como no consiste en sus partes, es decir, existe a la vez y simultáneamente; está en todas partes y en ninguna parte. Pero 'consistir' y 'no consistir', así como 'estar en todas partes' y 'en ninguna parte', están vinculados antitéticamente, es decir, como ser y no-ser. Por eso, están conectados como el surgimiento de uno a través del otro." (fuente: enlace txt)De esta manera, la confrontación de las partes implica que estas ya no están integradas en un todo unificado: cada parte busca afirmar su autonomía, lo que conduce a un desequilibrio al desaparecer la posibilidad de una inclusión mutua completa.En cuanto al concepto de Dios en este proceso, ocupa un lugar especial como símbolo de la unidad suprema y la luz que contrarresta la fragmentación. En uno de los textos se dice:"Así, aquí está la solución de la ley de la división áurea. Dios es realidad y Luz, es grandioso; pero yo también soy realidad, y tampoco soy oscuridad, pues aún no he sentido el aguijón del pecado ni he conocido la muerte, y, por lo tanto, no me he percibido como una criatura. 'No niego a Dios; pero yo, como hombre, también soy dios y deseo ser por mí mismo' – ese fue el sentido de mis experiencias." (fuente: enlace txt)Aquí, la concepción de Dios como fuente indivisible de realidad y luz se contrapone al estado fragmentario característico de la división del todo. El concepto de Dios se convierte en un referente, en el ideal de la integridad completa y la armonía que falta cuando se divide en partes enfrentadas. Esta aspiración a restaurar la unidad se refleja también en el deseo del hombre de reconocer en sí mismo algo divino, esa misma totalidad que eclipsa la fragmentación y las contradicciones.Así, en el proceso de dividir el todo en partes en confrontación se rompe el equilibrio, ya que se pierde el principio de surgimiento e inclusión mutua que permite que las partes sean verdaderos componentes de un todo unificado. El ideal de Dios, señalado como fuente de luz e indivisibilidad, acentúa esta ruptura, evidenciando la necesidad de una integridad interna que se pierde en la fragmentación.