La Pureza como Pilar del Cristianismo Ortodoxo
El cristianismo ortodoxo se adhiere a una posición estricta respecto a un estilo de vida desordenado, considerándolo como una peligrosa desviación de las normas espirituales y corporales establecidas en los mandamientos divinos. Desde el comienzo de la enseñanza es evidente que la pérdida de la pureza se percibe no como una debilidad accidental, sino como una grave desviación espiritual que amenaza la armonía entre el alma y el cuerpo.En la base de la cosmovisión eclesiástica se encuentra la afirmación de que la preservación de la pureza física y espiritual es la garantía de fuerzas vitales sólidas y de una espiritualidad sincera. Una vida desprovista del anhelo por la disciplina y el amor a Dios se convierte en una existencia perpetua en el pecado, donde la depravación, el derroche, la irascibilidad y, especialmente, la fornicación, actúan como factores que afectan negativamente el estado del alma. Aquí, cada minuto malgastado conduce a la pérdida de fuerzas vitales y al debilitamiento de la chispa interior capaz de mantener la conexión con los más altos valores espirituales.Finalmente, tal comportamiento se considera no simplemente una violación de las reglas establecidas, sino como una amenaza a la integridad de la personalidad. El abandono de los principios de la castidad conduce a un estado de decadencia espiritual que exige la penitencia y la renovación espiritual. La Iglesia invita a sus seguidores a mantener el equilibrio, preservando la pureza no solo a nivel físico, sino también en el alma, para contrarrestar las tendencias destructivas del mundo moderno.
¿Cómo evalúa el cristianismo ortodoxo el comportamiento de las personas que llevan un estilo de vida desordenado y las considera pecadoras?El cristianismo ortodoxo reprueba enérgicamente la adopción de un estilo de vida disoluto, considerándolo como la manifestación de un estado de pecado profundo del alma y una violación de la pureza tanto espiritual como física. Desde el punto de vista de la doctrina eclesiástica, tal conducta no representa un error accidental, sino la pérdida de la castidad y el alejamiento de los mandamientos divinos, lo que conlleva consecuencias destructivas para el alma y el cuerpo del ser humano.Así, por ejemplo, una de las fuentes señala que "entre tales pecados –por su peligrosidad y daño– la fornicación ocupa el primer lugar: el pecado de perder la castidad y la pureza física del individuo" (fuente: enlace txt, página 214). Esto subraya que la preservación de la pureza física y espiritual ocupa un lugar primordial en la vida del cristiano, y el abandono de este principio se considera sumamente peligroso.Otra fuente ofrece una descripción detallada del estilo de vida libertino, indicando:"Viviendo disolutamente. ¿Qué significa esto? Significa pasar los días en todo tipo de pecados y depravación, en la embriaguez, en disputas, en la ira, en el derroche y, sobre todo, en la fornicación, que es la que más y más rápidamente destruye las fuerzas vitales y apaga la chispa divina..." (fuente: enlace txt).Aquí se muestra claramente que un estilo de vida carente del deseo de disciplina espiritual y del amor a Dios conduce a la pérdida de fuerzas vitales y a la alteración de la armonía entre el cuerpo y el alma. De este modo, el cristianismo ortodoxo no solo reprueba la depravación como un comportamiento incorrecto, sino que lo interpreta como una grave desviación pecaminosa que coloca al individuo en un estado de decadencia espiritual.También es necesario prestar atención a otro fragmento, en el cual se afirma que "se trata del pecado de fornicación, es decir, de aquellos pecados de depravación y licenciosidad sexual, que son sin lugar a dudas la horrible llaga, el azote y la maldición de la humanidad moderna" (fuente: enlace txt, página 215). Esta caracterización indica que el comportamiento desordenado no se percibe como un desliz insignificante, sino como una de las pérdidas morales más graves, que daña el estado espiritual del individuo.Así, el cristianismo ortodoxo interpreta el estilo de vida desordenado como una clara desviación de los mandamientos divinos, conlleva un debilitamiento espiritual, y, por lo tanto, la Iglesia equipara tal comportamiento a un estado pecaminoso que requiere penitencia y reforma.