El laberinto de la identidad en tiempos de cambio

En el mundo moderno, nuestra identidad se ve afectada por procesos tanto internos como externos, cuando el control habitual sobre uno mismo cede el paso a transiciones involuntarias entre estados. Al entrar en el flujo de los cambios, la persona puede no notar cómo su “yo” se disuelve suavemente en un laberinto de transformaciones, donde los arrebatos emocionales y las estrategias inestables de autoidentificación se imponen como fuerza dominante.

La parte fundamental de este proceso dinámico se manifiesta en el choque entre la plasticidad natural de la personalidad y los desafíos que plantean la cultura de masas y las formas extremas de autoexpresión. Las tendencias contemporáneas ofrecen una imagen de la identidad en la que pertenecer a determinado grupo o elegir formas reducidas de autoexpresión —ya sea mediante piercing, body art o incluso actos más extremos— se convierte en una manera de experimentar el propio ser. Sin embargo, tales prácticas a menudo carecen de una profunda sensación de ser, transformándose en un juego en el que el auténtico sentido del “yo” se disuelve en una mezcla de impulsos aleatorios y expectativas sociales.

En conclusión, es importante destacar que aquella personalidad que pierde su complejidad se enfrenta a una amenaza existencial, cuando la integridad interna es sustituida por imágenes fragmentadas. En momentos de experiencias intensas o cuando los referentes tradicionales se desdibujan, la persona puede encontrarse en una situación en la que los apoyos habituales desaparecen y la sensación de su propio “yo” se convierte en un juego indeterminado de estados cambiantes. Este proceso, tan pleno como inquietante, nos recuerda lo crucial que es mantener un mundo interior estable en la era de los continuos cambios.

¿En qué momentos la persona puede perder la sensación de su propia identidad?

La persona puede llegar a perder el sentido de su identidad en diversos momentos, cuando los procesos que definen el “yo” se destruyen o no están accesibles a una autoafirmación consciente. Por ejemplo, según se señala en una de las fuentes, ocurre un “paso involuntario”, en el que la persona, sin siquiera darse cuenta, se desliza de un estado a otro, y su capacidad para la autoconfianza queda subordinada a los acontecimientos y no a su propia voluntad. En esta situación, la plasticidad de su ser escapa al control, y la persona “no sabe dónde está”, sin poder ejecutar el acto de autoafirmación – tal como se describe en la siguiente cita:

«Además, son posibles pasos no intencionados, transiciones involuntarias, “deslizamientos” de un ámbito de la Frontera a otro (únicamente en el ámbito de la práctica espiritual uno no puede encontrarse de forma involuntaria) […] Pero si este proceso integral es así, entonces la persona ya no domina su propia plasticidad; al contrario, es la plasticidad la que la domina y ella desconoce hacia dónde la arrastra. Tales fenómenos […] – ante nosotros se presenta lo opuesto, es decir, la victoria de la plasticidad sobre la identidad.»
(fuente: enlace txt)

Además, en el mundo moderno a menudo se proponen estrategias para la pérdida o la reinterpretación de la identidad a través de actos extremos o reducidos. Bajo la influencia de la cultura de masas y de modelos grupales, cuando se opta por identificarse mediante la pertenencia a cierta comunidad o cuando la estabilidad de la autoconciencia es sustituida por variaciones y combinaciones de actos transgresores sin forma, la persona pierde la posibilidad de definirse en su totalidad. Así, incluso acciones que pueden tener el carácter de negaciones extremas del propio ser —desde el piercing hasta actos alejados de las concepciones tradicionales de autoidentificación— se transforman en elementos de un juego carente de una profunda consolidación del “yo”. Como se expresa en el siguiente pasaje:

«Pero estas formas reducidas ofrecen, al mismo tiempo, espacio para variaciones y combinaciones, para juegos modernos de identidad que son complejos, a menudo peligrosos y crueles. Con ellas se relacionan directamente, por ejemplo, el piercing y el body art, y cualquier acto de autoafirmación o confirmación de la identidad —por supuesto, en su forma reducida— puede ser, incluso, un acto de transgresión, llegando hasta incluir actos terroristas y el suicidio; etc.»
(fuente: enlace txt)

Asimismo, la pérdida de la identidad puede producirse a consecuencia de la fragmentación de la personalidad en elementos homogéneos, cuando la persona deja de sentir su complejidad y singularidad. En ese caso, la autoafirmación personal se diluye en el conjunto, y la esencia de la personalidad se reduce a una especie de conglomerado objetivo de “partes”, en las que falta una unidad interna:

«Nos cuesta mucho distinguir nuestra propia personalidad de la de otros semejantes, confundiendo lo externo con lo nuestro […] Y, al perder su multiplicidad, la personalidad pierde toda cualidad. Ya no queda su autoafirmación ni autoconciencia, que presupone la multiplicidad, como la dualidad entre el sujeto y el objeto.»
(fuente: enlace txt)

Finalmente, en momentos de experiencias extremas, cuando la persona se ve abrumada por un sufrimiento interno o incluso por una sensación de completo aislamiento (como en el caso en que compara su estado con estar “en el penal” o “enterrado vivo” bajo tierra), la sensación habitual de integridad y control sobre sí misma puede desmoronarse. En estos periodos, la repentina ausencia de apoyos, de referentes habituales y de la posibilidad de una autoconciencia adecuada conduce a la pérdida del genuino sentido de identidad:

«Me sentía como en el penal, quizá en las minas […] esa experiencia indecible e inefable, que me golpeó como un impacto, fue mística […] sentí la impotencia de todo aquello que hasta entonces me había ocupado […]»
(fuente: enlace txt)

Así, la pérdida de la sensación de la propia identidad puede ocurrir en situaciones de transiciones involuntarias repentinas entre estados, cuando la plasticidad interna de la persona se sale de control en detrimento de su autorregulación, al emplear estrategias reducidas de identificación mediante actos extremos—frecuentemente transgresores—, y también cuando la integridad de la personalidad se ve comprometida por la fragmentación interna o el sufrimiento existencial.

El laberinto de la identidad en tiempos de cambio

¿En qué momentos la persona puede perder la sensación de su propia identidad?

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