El Equilibrio de la Autoidentidad
En la base de la existencia humana yace un asombroso paradoja: hemos recibido la vida como un don de un principio superior, pero al mismo tiempo nos esforzamos constantemente por definir nuestra propia esencia. Al comienzo del camino, nuestra imagen se marca con una chispa eterna que recuerda la creación divina, lo que nos sirve para recordar que nuestro origen no es resultado de esfuerzos personales. Sin embargo, es en la lucha por alcanzar nuestro propio “yo” donde se manifiesta la profunda tragedia del alma humana, ya que cada intento de autoexpresión representa un reto al destino.Durante el proceso de autoidentificación, nos enfrentamos a la eterna pregunta de quién es realmente el creador:
¿el principio superior o el hombre que intenta descubrir su potencial único?Este dilema nos impulsa a buscar una armonía entre el don que hemos recibido y nuestro impulso hacia la autorrealización. Comprender que no somos creaciones completamente independientes nos permite valorar la magnitud del don recibido, canalizando nuestra energía hacia el desarrollo de la chispa interior que arde en cada uno de nosotros.En última instancia, la verdadera fortaleza no reside en el anhelo de una autonomía total, sino en encontrar, a través de la constante búsqueda de la verdad, el equilibrio entre el legado del principio divino y el esfuerzo personal hacia la perfección. Este camino, lleno de desafíos y descubrimientos, nos recuerda el valor de cada instante en la trayectoria hacia el auto-mejoramiento y el crecimiento espiritual.¿Cómo entiendes la idea de autoidentificación a la luz del pensamiento de que Dios creó al hombre para que éste se creara a sí mismo?La idea de autoidentificación, al considerar la afirmación de que Dios creó al hombre para que éste se creara a sí mismo, refleja la profunda paradoja de la existencia humana. Por un lado, el hombre posee un origen divino – su creación es el acto de infundir en él un alma por la voluntad del Todopoderoso, lo que destaca que el origen del hombre no es producto de sus propios esfuerzos, sino que emana de una fuente superior. Por otro lado, la vida humana implica un ferviente deseo de autorrealización, el anhelo de definir de forma autónoma su propia esencia y destino.Como se señala en una de las importantes reflexiones contenidas en el material citado del archivo enlace txt:"Pero si yo soy tan maravilloso, ¿de dónde he venido? Es desconocido, y yo no podría haber sido por mí mismo... Que el hombre no se ha creado a sí mismo es evidente para él. La pretensión de crear lo Absoluto implicaría, al mismo tiempo, la pretensión de crear el universo entero y a sí mismo. Tal pretensión es insensata..." (así expresó el loco en su propio corazón: «¡no hay Dios»!) El hombre no se crea de la nada, sino que se encuentra ya creado y se pregunta, asombrado: ¿Quién me ha llamado, con un poder hostil, desde la insignificancia? Surgí de la insondable profundidad del ser no por mi propia voluntad y he sido llamado a un propósito desconocido (“vida, ¿por qué me has sido dada?”). Esto es el misterio de la creación, el milagro de la creación, el sentimiento de haber sido creado, junto a su asombro.Otro aspecto de esta idea se destaca en las reflexiones sobre la interconexión entre el creador y la creación, cuando se plantea la pregunta: "¿Quién de ellos crea al otro: el Dios del hombre o el hombre de Dios?" (del mismo archivo, enlace txt). Aquí se expresa la idea de que el intento del hombre por ponerse en el lugar del Creador le priva de comprender su verdadera dependencia del principio superior. De esta forma, la autoidentificación adquiere sentido no en la exaltación del propio “yo”, sino en el reconocimiento de la preordenación y la eterna importancia del principio divino que define la esencia del hombre.En resumen, se puede afirmar que la idea de autoidentificación en este contexto implica la necesidad de encontrar un equilibrio entre el desarrollo activo de la personalidad y el reconocimiento de que el verdadero “yo” del hombre nos ha sido concedido desde lo alto. El hombre no puede crearse a sí mismo radicalmente “de la nada”, sino que está llamado a descubrir y desarrollar esa chispa interior, ese destello divino que ha sido depositado en él. Este reconocimiento de su propia creación lo impulsa a la constante búsqueda de la verdad y la armonía entre su propio “yo” y el plan divino.Citas de apoyo:"Pero si yo soy tan maravilloso, ¿de dónde he venido? Es desconocido, y yo no podría haber sido por mí mismo... Que el hombre no se ha creado a sí mismo es evidente para él. La pretensión de crear lo Absoluto implicaría, a su vez, la pretensión de crear el universo entero y a sí mismo. Tal pretensión es insensata («así expresó el loco en su propio corazón: ¡no hay Dios!») El hombre no se crea a partir de la nada, sino que se encuentra ya creado y se pregunta, asombrado: ¿Quién me ha llamado desde la nada, con un poder hostil? Surgí de la profundidad insondable del ser no por mi propia voluntad y he sido llamado a un fin desconocido (“vida, ¿por qué me has sido dada?”). Esto es el misterio de la creación, el milagro de la creación, el sentimiento de haber sido creado, junto con su asombro." (fuente: enlace txt)"En esto nadie duda: ni los crédulos poetas griegos (como señaló el apóstol Pablo), ni el escéptico Xenófanes, ni Feuerbach, ni Freud y Jung. Pero, ¿quién de ellos crea al otro: ¿el Dios del hombre o el hombre de Dios? ¿Quién es primordial, quién es el arquetipo, quién es lo fundamental y quién es la imagen reflejada? Basta con plantear la pregunta para disipar la confusión sobre la deificación del hombre. En su interrogante metafísico “¿de dónde y hacia dónde?”, el hombre se esfuerza por reflejar lo fundamental y el sentido último del ser. En la misma pregunta, en su estado de conciencia, reconoce su dependencia, su condicionamiento, su no inmanencia." (fuente: enlace txt)